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«Solamente la existencia de Caín nos hace amar a Abel.»

Sergio Leone

A veces se producen ironías como que el paralelismo entre cómic y cine, y hablo del western, sea más claro en Europa que en la propia cuna de ese género cuyas raíces son profundamente americanas, y que quizá por ello mismo debería liderar también, con pleno derecho, el territorio de la novela gráfica, y no lo lidera.

El western contemporáneo nace en la década de los sesenta. En cine su máximo exponente es Sergio Leone, que en 1964 estrena Por un puñado de dólares; en 1965, La muerte tenía un precio; y en 1966, El bueno, el feo y el malo. En cómic, un narrador, como él mismo se hacía llamar, inicia en 1963 la saga Blueberry. Ese hombre es Jean-Michel Charlier.

Las vanguardistas perspectivas de ambos creadores revolucionaron el género.

Charlier crea el alma de la saga y elige como compañero de viaje al joven dibujante Jean Giraud, que es quien define al personaje Steve Blueberry. En sus trazos se aprecia claramente la influencia (también fílmica) de su tiempo: patrones físicos comunes que se manifiestan, por ejemplo, en el enorme parecido de Blueberry con cierto galán de moda de aire insolente, Jean-Paul Belmondo.

Y tampoco dejo de ver similitudes entre el personaje Blueberry y los que interpretó Clint Eastwood en los spaghetti western de Leone. En ambos casos se trata de representantes del desorden, canallescos, sucios (ese desaliño compartido nuevamente: la barba de tres días), políticamente incorrectos e inclinados al vicio, pero siempre justos y a la vez nobles, y fueron precisamente estas cualidades —o defectos— los que imprimieron tanto éxito a ambos personajes, ya que había un empacho generalizado de personajes ultraconservadores, impolutos y de almas intachables.

Leone complementó su narración con música de Ennio Morricone, una simbiosis perfecta, puesto que Morricone a menudo emplea notas que reproducen sonidos simples (las aspas de un molino girando, el golpe de una gota de agua al caer), una desnudez estética y un aprecio por el detalle que nos transportan a la crudeza del desierto, al tiempo que nos revelan que es con lo básico, no con lo barroco, con lo que mejor se expresa lo que debió ser el lejano oeste. Y ahí coincide también Giraud, quien es igualmente extenso en la fidelidad hacía el detalle al plasmar en sus viñetas el Far West.

Charlier murió en 1989, pero la saga Blueberry continúa con dibujos y guiones de Giraud y de otros autores, que se han mantenido fieles a la idea original de Charlier.

Entretanto yo, cada vez que abro un álbum de Blueberry, no puedo evitar escuchar notas de Morricone y ver primeros planos de Leone, como aquellos ojos crueles inmensamente azules de Henry Fonda en Hasta que llegó su hora, ni puedo dejar de revisitar el erotismo de la sudorosa Claudia Cardinale. Y cada vez que veo un spaghetti western de Leone me vienen a la cabeza las estructuras narrativas de Charlier y los magníficos dibujos de Giraud.

Suerte que una vez llegaron Charlier y Leone.

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Esta entrada fue escrita por Marcos A. Cañada