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La visita al odontólogo no suele ser plato de gusto para casi nadie. Como excepción, me viene a la memoria Wilbur Force, un Jack Nicholson masoquista, en The Little Shop of Horrors, la original, la dirigida por Roger Corman.

Una de las cosas que tiene la sala de espera de una consulta es la posibilidad de hojear y ojear, que ambos verbos encajan aquí, revistas a las que uno no suele acceder motu proprio.

El asunto queda ilustrado con la fotografía que acompaña este post, y es que, tras la intervención profiláctica, distraje la revista con hética determinación y honda pesadumbre. En mi desvarío reconozco una absoluta falta de ética. Y no creo que se debiera a alguna onda radioeléctrica generada por el instrumental.

De la consulta, por fortuna, ni salí bidente ni vidente, por lo que me quedan aún todas las piezas dentales y algo de intuición no contaminada por supercherías. Y esa intuición me dice que lo que excede los márgenes de la fotografía ha debido obnubilar al publicista. Es por ello que, al escanear la imagen, eludimos revelar —que rebelar es otra cosa— la marca y la magnitud de esa seda que lleva adjunta un reclamo de calidad profesional («Hablando ablando», debió pensar el publicista, como han pensado antes muchos vendedores) que resulta tan oportuno como que el arte harte, el bote vote o el vejete vegete.

Entretanto, aquí estamos los hiladores de palabras con nuestras bobinas profilácticas, siempre dispuestas a salvar la valla —y no vaya— y a evitar el asta —y no hasta— por muy bovina que sea.

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Esta entrada fue escrita por Francisco Javier Villalba