
| Eros es más, diacronía vital y sensual del arte |
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| Ensayo | |||
| Escrito por Francisco Javier Villalba Bueno | |||
| Martes, 08 de Febrero de 2011 15:21 | |||
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La edición corre a cargo de las profesoras de Arte de la Universidad de Málaga Maite Méndez Baiges y Belén Ruiz Garrido, autoras también de sendas ponencias, ahora impresas. De hecho, ese ir y venir es tal que vamos de la agalmatofilia (amor a las estatuas) que despertó la Afrodita de Praxíteles a la escoptofilia latente en todo aquel que pone sus ojos en el arte para acariciarlo; del culto al falo erecto de Shiva y las parejas de dioses copulando, inspirados en la filosofía tántrica (que escandalizaron sobremanera a la sociedad victoriana residente en la India) al erotismo de rostro oculto, al Eros negro y ambiguo; de la inocencia pueril al incesto; del ofrecimiento lánguido y sin resistencia al rapto o la violación; de la Barbie a La bebedora de absenta, estragada por la mala vida, por la noche infinita de hábitos turbios; de las nínfulas (como crisálidas de futuras femmes fatales) a las sublimes tísicas, tan postradas pero tan distinguidas; de las criaturas dormidas en casual abandono, medio desnudas, a las sifilíticas, en una morbosa (con)fusión de sueño, goce y muerte (Eros y Tánatos asidos de la mano, Bataille y su petite mort); de las olimpias procaces, yacentes y desinhibidas al voyeurismo del artista (llámese Manet, Degas, Duchamp o el propio Picasso que se autorretrata, vía metaficción, como voyeur en Las señoritas de Aviñón, declarándose trasunto de todo creador y de toda persona que contempla un cuadro con afán de gozarlo estéticamente); del cine mudo y el beso como metonimia candorosa del coito al cine sonoro que se permite licencias sexuales a través de la palabra, los equívocos y estudiadísimos retruécanos; del cine pacato en el que abunda la elipsis como recurso narrativo al cine explícito de Damiano, Oshima o Winterbottom. Quizás el lector no coincida con todas las visiones y probablemente se le ocurran muchas otras referencias conforme va pasando páginas, pero ahí es donde reside el ascua candente de lo sugestivo, y este libro abre muchas puertas, y también deja otras muchas entreabiertas para que nos asomemos y sigamos indagando, para que nos aproximemos a determinadas obras que desconocemos o conocemos superficialmente, pues no habíamos descubierto su auténtica y poderosa magnitud erótica, que puede que ahora se nos revele. Lo que el pliegue de una axila puede connotarle a un sujeto (a Coubert mismo, que concibió El origen del mundo pero también Mujer en las olas) puede no ser nada para otro sujeto; o tal vez sea que quien mira, aún no ha visto. No en vano el erotismo está en la mirada, y la mirada madura al servicio de quien mira y de cómo mira.
Pero una vez que se entra en el territorio de la estética y se estudia a los artistas más capaces de retener un momento y otorgarle carga sensual, es imposible desligarse de los pensadores y de la propia literatura, y por eso mismo Eros es más tiene también espacio para el Kamasutra, Charles Baudelaire, Lewis Carroll, Theodore Dreiser, Máximo Gorki, Sigmund Freud, Jacques Lacan, Juan Ramón Jiménez, Guillaume Apollinaire, Vladimir Nabokov, Octavio Paz, Georges Bataille o el poeta Juan Antonio González Iglesias, que da título a este conjunto de ensayos. Dónde estaría el arquetipo de la lolita sin Nabokov y sin la adaptación de Kubrick. Dónde estaría el concepto del desprecio sin Moravia y sin la relectura estética de Godard. El propósito de Eros es más queda planteado en el título del primer ensayo, «Preliminares», que sienta las bases de cómo hay que abordar este libro, que no difiere en nada de cómo debe abordarse cualquier experiencia estética (y el erotismo lo es): como algo lúdico y festivo, como una celebración de la vida. «La vida hiende vida en plena vida. / Y aunque la muerte le gane la partida, / todo es un campo alegre de batalla», escribió Alberti. Y es que realmente Eros nunca ha sido un vehículo para la procreación, sino para la (re)creación.
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