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Arquitectura pintada, arquitectura escrita

21 diciembre, 2009 / 21:30

Aldo Rossi (1931-1997) escribió en 1966, posiblemente, el mejor libro teórico de arquitectura del siglo XX: La arquitectura de la ciudad. Redactó su tratado llevando a cabo una exhaustiva revisión histórica. Su intención era conseguir una arquitectura objetiva, con un alto grado de abstracción disciplinar y sin perder nunca el contacto con la realidad. Pero pronto se dio cuenta de las dificultades de su proyecto, y esa realidad se convirtió en algo inaprensible y cada vez más subjetivo y personal.

Los dibujos y las construcciones de Rossi se asemejaban paulatinamente a las pinturas que su compatriota, Giorgio de Chirico, realizaba sobre las ciudades: ciudades sin presencia humana y con espacios únicamente rotos por contrastados planos de luces y sombras. Lugares para no habitar. Rossi ofrecía un repertorio de seres arquitectónicos más próximo a la poética surrealista que a la objetividad científica que buscaba. Es la arquitectura del vacío, del silencio; algo paradójico, puesto que se pretendía recuperar un lenguaje arquitectónico cuya máxima aspiración era la comunicación con el hombre.

El dibujo pasó a convertirse en su otra realidad, pero poco tenía ya que ver con la ciudad en que se inspiraba. A partir de entonces la utopía adquirió un valor insustituible  para Rossi como medio de seguir unido a la arquitectura. Consciente de la imposibilidad de un perfecto absoluto, sus ciudades debían (y podían) ir más allá de lo real. Si la arquitectura es el arte de construir edificios y tiende hacia lo real, la utopía deberá ir encaminada hacia la irrealidad. Lo cual nos puede hacer pensar que sus caminos no se encontrarán nunca… cuando precisamente la relación entre realidad y utopía es mayor cuanto mayor es la distancia entre ellas.

Aldo Rossi, años después, nos dejó otro libro emblemático que completaría su visión personal de la arquitectura y de las ciudades. Sus escritos eran ya menos formales y mucho más íntimos, ideales e imaginarios, como las ciudades utópicas que pretendía alcanzar. Autobiografía científica (1981), posiblemente uno de los libros más bellos que he podido leer, se basa en el recuerdo y la melancolía que, a lo largo de su vida, le había transmitido la arquitectura. El libro, elaborado con extraordinaria elocuencia descriptiva y unos dibujos enormemente expresivos por su sencillez, hacen que la obra de Rossi sea una amalgama plena de geometría y memoria, que se ilustra mediante un repertorio melancólico y lírico de formas vernáculas extraídas de los paisajes de su infancia: los faros, las casetas de la playa, los quioscos de feria, el teatro y otros muchos tipos que hicieron del historiador urbano un artista-poeta.

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Esta entrada fue escrita por Sergio Romero