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Arte al desnudo: erotismo y algo más E-mail
Ensayo
Written by Sergio Romero   
Wednesday, 09 February 2011 14:11
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Eros_es_msHace tiempo que echo de menos a un buen amigo. Se llamaba Miguel Hernández y era poeta, como el poeta Miguel Hernández, casualidades de la vida. Que él y yo naciéramos el mismo día no es sólo otra coincidencia, también  nos hacía compartir un alma parecida. Era un empedernido lector (mezcla de locura y vicio) de poesía, literatura, filosofía, historia y arte, lo que lo convertía en un apasionado orador, tan polémico y perverso como sensible y esteta. Podía estar hablando hasta la saciedad, sobre todo de arte, y especialmente de una de sus categorías estéticas: la belleza. Decía que todo lo que es bello es erótico, y produce placer, por eso mismo todo lo erótico es bello.

Miguel se enamoraba con facilidad de aquello que le excitaba: una palabra adecuada, un verso acertado, un pensamiento inequívoco o una figura exultante eran suficientes para vivir una historia de amor. Sin embargo, para él, las mejores obras de arte, justamente en las que apreciaba el erotismo más puro, no estaban ni en los museos ni en las bibliotecas, sino en la mismísima calle.

Callejero y noctámbulo, yo creo que realmente lo que le gustaba era mirar. Por eso buscaba la belleza con su mirada constantemente. A mí me enseñó a mirar, a mirarlo todo, lo permitido y mucho más lo prohibido. Ahora soy un experimentado mirón y he aprendido a observar pacientemente lo que me provoca deseo, estímulo y emoción. Con los años esto se convierte en un arte: el arte de mirar, que no es lo mismo que mirar el arte, aunque casi siempre, en mi caso, coincide.

Coincide también que precisamente ahora podamos disfrutar de la primera edición publicada por la Fundación Picasso de Málaga de Eros es más, curso dirigido por las profesoras de la Universidad de Málaga Maite Méndez Baiges y Belén Ruiz Garrido, junto a un formidable elenco de experimentados colaboradores. Para los que no pudieron asistir al curso, las conferencias, ahora redactadas y reunidas, han completado un libro atractivo, tentador e irresistible para cualquier alma sensible. Quizás por eso no he podido dejar de recordar a mi amigo Miguel, pues el libro parece hecho a su medida.

El tamaño no importa en el caso de este libro. Es más, su formato pequeño lo hace en realidad más deseable y de fácil manejo, si bien su contenido se esparce como perfume embriagador en cuanto abrimos la primera página. Convenientemente organizado, el libro nos va llevando poco a poco, desde sus preliminares, que no hacen más que aumentar nuestro deseo de leerlo hasta el final. De este modo, no es de extrañar que el libro haya superado todas las expectativas, y su magnífica dirección y edición prometen convertirlo en un libro de referencia.

Pero hasta aquí todas las coincidencias. Efectivamente, no hay improvisación alguna en los trabajos de sus autores. El análisis de cada uno de los temas es sugerente, exhaustivo y documentado hasta el mínimo detalle, siguiendo una evolución ordenada y cronológica que se inicia en la cultura griega y finaliza en nuestros tiempos.

Eros

Cómo se desarrolló el cuerpo femenino a partir del masculino en la escultura griega es un interesante misterio que se revela en las primeras páginas. ¿O por qué, si el arte griego giraba en torno a sus dioses y héroes, el desnudo, y concretamente las acciones amorosas, buscaban tanto la belleza -y algo más que erotismo- en la representación de sus cuerpos?

El ejemplo lo tenemos en Picasso, que en 1907 rompió en mil pedazos la tradición de la pintura y cambió el propio sentido de la belleza, que se había mantenido incólume durante siglos. El pintor malagueño reivindicaba la belleza de la pintura en sí misma, y no en lo que se representaba, así que modificó el canon estereotipado de unas señoritas para convertirlas en unas figuras deformadas y espantosas. Aunque poco después, Picasso sintió la necesidad de un retorno al orden clásico y volvió a la mitología erótica de la cultura helénica mediante bañistas, ninfas y minotauros.

Contorsiones parecidas a las que Picasso sometía a sus modelos las encontramos en el arte oriental de la India, una arte olvidado para Occidente pero bien recordado en este libro. Sin embargo, la gran diferencia con respecto a la figuración de Picasso es que estos cuerpos proponen una sensualidad sólo posible gracias a la interpretación de su literatura. Las imágenes entremezcladas y sinuosas que aparecen en los textos y los templos hindúes, con posiciones improbables, tienen sentido si entendemos su carácter místico y su relación con la naturaleza. Si bien hay un interés didáctico en el arte erótico oriental por transmitir la filosofía tántrica y la religión, no nos extraña que una sociedad británica invasora y puritana como la del siglo XIX se escandalizara con estas representaciones explícitas.

No hay duda de que el siglo XIX fue una época contradictoria y convulsa; por eso una emergente burguesía, que hasta entonces no había tenido acceso a los verdaderos encantos de la vida, pronto potenció una doble moral para ocultar los apetitos más irreprimibles. Así nació lolita, la Eva moderna, tan pecadora como encantadora por su inocencia. El hombre, que siempre ha tenido la cabeza perdida, ha sido también débil siempre a los irresistibles encantos de la mujer. Por eso inventó este mito erótico y monstruo perverso al cual era capaz de adorar tanto como repudiar. Se creó un arte engañoso, desenmascarado en este ensayo, donde la mujer fue claramente el objeto del deseo reprimido de la sociedad masculina y modelo para los artistas emergentes. El daño moral que se hizo a la mujer en esta época es incuestionable y sólo fue compensado mínimamente por la extraordinaria calidad artística de las obras y el uso eufemístico de la metáfora.

Mi amigo Miguel no le daba mucha importancia a este hecho. Es más, se jactaba de ser hombre del XIX. «No importa que sea perversa si la mujer es bella», decía él, que no profesaba precisamente un estricto puritanismo, pero sí potenciaba esa dualidad tan de aquella época por la que era amado y odiado al mismo tiempo. Siempre tan hiperbólico («Un cuadro debe ser carnal» era otra de sus frases), nunca vio con agrado la dieta a base de manzanas de Eva, que la hacía poco deseable y nada apasionada. Por eso le gustaba repetir una cita de la que posiblemente se había apropiado: «Una mujer supera el pecado original cuando pide cóctel de fruta en los postres». Una frase cargada de erotismo que esperaba escuchar algún día. Jamás ocurrió.

Pero mientras lo esperaba, Miguel seguía mirando por el ojo de la cerradura, como nos propuso Marcel Duchamp en Étant donnés. Esta obra, que da pie al estudio de las olimpias, es el paradigma del espectador-voyeur. No hay órgano más exquisito que el ojo humano. Por eso la cámara, como extensión del ojo propio, es el mejor invento de los últimos siglos. El cine finalmente ganó la batalla permitiendo que se viera la secuencia completa de un desnudo e incorporando posteriormente el sonido, a veces mucho más erótico que la propia imagen. De todo ello y más habla el ensayo de Francisco García Gómez: «Ver o no ver, ésa es la cuestión».

Eros es más está dedicado a Juan Antonio Ramírez, entrañable profesor y colaborador de este curso, que falleció poco antes de que se publicara el libro. Este artículo quiere recordarle con respeto y homenajear también a un compañero que un día, inesperada y definitivamente, cerró los ojos, dejó de poder mirar; se llamaba Miguel Hernández y era poeta, «compañero del alma, compañero».

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Más sobre Eros es más en Stíblogo: «Eros es más, diacronía vital y sensual del arte», de Francisco Javier Villalba.

El libro puede adquirirse en la Fundación Picasso.


 

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