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Epílogo para una gran ciudad: la suspensión del tiempo en un mundo impaciente (2/3) E-mail
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Written by Sergio Romero   
Monday, 29 November 2010 12:41
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PuertadelmarHay nuevos lugares donde la sociedad capitalista puede rentabilizar sus inversiones: los centros comerciales y de ocio. La sociedad se refugia en estos espacios de encuentro donde habita y desarrolla todas aquellas actividades que antes sucedían en las plazas, calles y mercados. Los centros comerciales son pequeños núcleos habitables dentro de la propia ciudad, sin ruido, contaminación ni peligro, aunque inconexos con ella por su atemporalidad. La noción del tiempo desaparece, de manera que no distinguimos los cambios de luz, del día o de la noche. En una cultura mediterránea este hecho es importante, pues se vive de cara a la calle y en contacto directo con el sol, que es el que marca el ritmo vital y natural de nuestras vidas.

En estas grandes superficies el tiempo pasa como suspendido: no somos conscientes de su tránsito porque no hay ventanas al exterior. Nada que nos tenga que distraer puede venir de fuera. Toda la concentración debe dirigirse al sinfín de tentadoras ofertas del interior. Todo es constante, invariable, permanente e irreal. El centro comercial se ha convertido en el nuevo monumento alrededor del cual se va desarrollando un núcleo urbano, algo así como cuando se establece un circo en una ciudad y se circunda la carpa principal con roulottes y caravanas.

En esta nueva sociedad barroca de excesos y trivialidades no nos extraña que Aldo Rossi, arquitecto siempre visionario, quisiera poner algo de orden y armonía -donde otros han puesto incoherencia y desatinos- con su Teatro del Mundo. El teatro flotante de Rossi, realizado como arquitectura efímera para la Bienal de Venecia en 1979, fue un intento de recuperar la memoria histórica y la idiosincrasia de un lugar. En Venecia era habitual ver estos teatrillos navegando por los grandes canales durante el siglo XVIII. Los espectadores que accedían a este tipo de nave para ver una representación teatral eran al mismo tiempo vistos por otros espectadores, los propios ciudadanos, que participaban de este modo de una visión de la ciudad como espectáculo.

El espectáculo que tenemos en el centro urbano actual es muy diferente del veneciano del siglo XVIII. El espacio físico se ha ido reduciendo paulatinamente, sobre todo en ciertas ciudades que insisten en incorporar cada vez más elementos donde ya no hay cabida para nada más. Las calzadas de ancho reducido (que son muchas en los centros de las ciudades) no son transitables en el sentido apacible del caminante, pues los ayuntamientos se han encargado de poner y permitir suficientes obstáculos para que cada día se convierta en una prueba de superación: mesas y sillas de bares y restaurantes (a los que sacar un buen pellizco), postes de luz, señalizaciones de tráfico, vallas de publicidad, quioscos, marquesinas de autobuses, árboles sin regar (o en su defecto, grandes macetones en medio de la calle), bancos incómodos para sentarse poco, papeleras vacías (porque para eso está la calle), contenedores para diversos tipos de residuos, carriles bici donde antes había aceras, etc.

Puerta del Mar (Málaga)



La lista sería interminable. Pero todos debemos disponer de un espacio según nuestras necesidades o condición; es de ley, y el resultado es patente: no hay vistas porque predomina el libre albedrío. Ahora bien, el respeto, al no poder ofrecerse de modo natural como algo inherente al ser humano, debe ser impuesto para que todos podamos convivir. De este modo, cada vez hay más normas, más imposiciones, más regulaciones, más prohibiciones, más impuestos y más sanciones por incumplimiento. Paradójica libertad. Las perspectivas conseguidas siglos atrás son segadas de un solo golpe en beneficio de los derechos de la comunidad.

A cambio se nos ofrece un inquietante mundo diverso y posmoderno, pero también fragmentado, incompleto, interrumpido, fugaz e impaciente con el propio tiempo.

 

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