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Epílogo para una gran ciudad: la ciudad como mancha de aceite (1/3) E-mail
Arquitecture
Written by Sergio Romero   
Friday, 19 November 2010 12:46
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TridenteromanoRoma, a finales del siglo XVI y gracias al Papa Sixto V, sufrió una transformación urbanística única y sin precedentes
. Tanto el residente romano, que presagiaba el cambio, como el visitante romero, atraído por una renovada Tierra Santa, pudieron mantener, a partir de entonces, un discurso receptivo con los nuevos edificios y las esculturas barrocas que se estaban construyendo, que se habían situado estratégicamente en puntos focales del recorrido que todo peregrino, o no, debía realizar en su vía crucis.

Los aspectos estéticos, visuales y artísticos adquirieron progresiva relevancia y, como en un gran teatro, la ciudad se convirtió en espectáculo y las calles, junto a las plazas, en lugares de encuentro, comunicación y vivencias. El ciudadano vivía vinculado a sus expresivos monumentos y la ciudad evolucionaba y crecía alrededor de ellos.

Roma fue el punto de partida; posteriormente vendrían otros grandes proyectos urbanísticos, como el Londres de John Nash o el París de Georges-Eugène Barón Haussman. Así, la ciudad medieval, ya superada, daba paso a la urbe moderna y una nueva era se abría consciente de su propia modernidad.

Tridente romano


Sin embargo, La ciudad de ahora, la ciudad contemporánea, ya no dispone de un espacio urbanístico, sino de un ambiente urbanístico, algo que se confecciona más o menos de forma improvisada bajo múltiples factores externos, pues no hay un plan determinado que desarrolle la ciudad bajo unos criterios unitarios. Sociólogos, historiadores o arquitectos, entre otros, disienten en sus análisis sobre cómo debe desarrollarse el urbanismo de nuestro tiempo. Quizás sea imposible: vivimos en una era tecnológica (no en una era artística, como el Renacimiento o el Barroco) en la que los principios constructivos y los intereses son diferentes a los de entonces.

Las concepciones racionalistas del urbanismo de mediados del siglo XX (como subdivisión, distribución y organización del espacio) fueron un intento de dar coherencia a un urbanismo capitalista en desarrollo. Se pretendió unificar a una sociedad alienada, que crecía a un ritmo vertiginoso, con un canon arquitectónico único y universal, repitiendo un modelo de edificación cualquiera que fuese el espacio del mundo en el que se tuviese que construir, sin atender ni a la memoria colectiva ni a la historia de cada lugar.

Pero la revisión actual sobre las propuestas anteriores, o las del llamado Movimiento Moderno (y en especial las de Le Corbusier), han sido consideradas poco viables y, como tales, sustituidas en beneficio de otras teorías urbanísticas con un sentido ecológico y estructuralista más idóneas a la habitabilidad de la ciudad, aunque esto no deja de ser una utopía. La movilidad que genera la ciudad ha creado un nuevo nomadismo, y uno de los principales problemas a solucionar hoy es precisamente el de los desplazamientos de los ciudadanos.

La ciudad se extiende, inevitablemente, de forma irregular como una mancha de aceite, lenta pero sin pausa, y alcanza extensiones inabarcables para el ciudadano, que se ve obligado a utilizar vehículos motorizados, que son ya como hermanos para nosotros: todos tenemos uno a nuestra semejanza.

Para cuando la mayoría coincidimos en ponernos en marcha se han habilitado vías por donde desplazarnos, no sin dificultad, hasta desembocar en algún lugar, ya sea la ubicación del puesto de trabajo, la vivienda o el centro comercial. Son las nuevas Cañadas Reales en las que se han sustituido los sonidos acompasados de cencerros por los ensordecedores rugidos de los motores.


 

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