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Jazz profano, jazz divino E-mail
Jazz
Written by Sergio Romero   
Sunday, 20 June 2010 09:45
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Bill_EvansYo había escuchado a Bill Evans antes, pero hasta hace unos días no lo había visto tocar en una grabación que resulta ser uno de los mejores recitales de Jazz que hubo en Londres en marzo de 1965.

Ver y oír a Evans es una extraordinaria experiencia estética, sobrecogedora y única. El cuerpo de Evans, enjuto, impasible y de extrema elegancia, transmite una enorme carga emocional provocada por la posición que va adoptando progresivamente ante el piano. Su repeinada cabeza se va inclinando poco a poco hasta conseguir clavar su barbilla en el pecho y su frente casi en el teclado. Es como si quisiera introducirse en el piano y fundirse con él.

Concentrado y con los ojos cerrados, se mantiene en esta posición quebrada durante algunos minutos a lo largo de la melodía, hasta que algún cambio de ritmo le recobra de su letargo y se incorpora de nuevo, a los pocos segundos, como quien ha sido hipnotizado, para volver pausadamente al mismo estado de torsión. Sin embargo, y aunque no haya un solo movimiento, la tensión es palpable. Todo se produce en su interior. Sus larguísimas manos recorren de un lado a otro el teclado con suma delicadeza, casi sin tocarlo, apenas rozándolo; parece que fueran de otra persona. Bill Evans nos conmueve de tal modo que su interpretación trasciende lo tangible para convertirse en algo divino. Con su aspecto de monje, reclinado en su oratorio, entregado, abandonado y en pleno éxtasis con dios, transforma su música pensada en música sentida, y su jazz, en puro placer.

La conjunción de talento, técnica y emoción contenida de Evans logra hacer vibrar las cuerdas del piano como nunca antes las habíamos percibido. El sonido de Evans se expande en el espacio como un cuadro de Mark Rothko. Los amplísimos campos de color, de imprecisos contornos, que conseguía el pintor ruso comprendían ese valor espiritual que iba mucho más allá de los límites físicos del propio lienzo. Evans, como Rothko, que podía estar frente a sus lienzos inmóvil durante horas, impone un cromatismo a sus abstractas composiciones muy afín al del ruso, y es así como nos envuelve momentáneamente en un maravilloso sueño etéreo.  


Casualmente, también en marzo de 1965 y en Londres, Thelonious Monk hizo otra magnífica interpretación de jazz al piano. Pero, si Bill Evans dejaba suspendidas las notas alrededor de nosotros con extraordinaria suavidad y misterio, Monk, por el contrario, nos las introduce una a una. Mientras los rígidos dedos de Monk golpean violentamente las teclas haciendo del piano lo que es, un instrumento de percusión, su incansable pie derecho no para de rechinar en el suelo como si estuviera apagando una colilla. Su cuerpo se estremece una y otra vez, se contrae de arriba abajo y de un lado a otro, sin parar, como si estuviera poseído por el mismísimo diablo. Es tal su excitación que, en ocasiones, abandona el piano para danzar alrededor de él como si estuviera en un trance ritual. El inteligente jazz de Monk se convierte en ininteligible, y la improvisación, en su leitmotiv.

Todo me recuerda a Jackson Pollock y a sus enormes cuadros, sin principio ni fin, pintados en el suelo porque le gustaba dar vueltas alrededor de ellos, como hacían los indios americanos en la arena con sus dibujos, de manera gestual, intuitiva, creando poco a poco una maraña de líneas y trazos -una red- que cuando venimos a damos cuenta ya nos ha capturado para mantenernos absortos sin poder desviar la mirada. Pollock, como Monk, nos lleva una y otra vez a un entramado de extraordinario expresionismo abstracto que, pese a su belleza, conduce a la aporía.

Mientras Bill Evans, delante de un piano, ponía paz a su desordenada y atormentada vida, consecuencia de su adicción a las drogas, Thelonious Monk necesitaba agitar, por el contrario, su anodina existencia diaria. Monk se pasaba las horas, incluso los días y semanas, tumbado en la cama mirando el blanco techo de su habitación sin hacer absolutamente nada. Nunca se supo si su mente se mantenía igual que su techo o si, como de Evans, fabricaba sueños en silencio. El tiempo pasará, aunque no para estos seres de cuerpos malditos y almas divinas que consiguieron crear un arte eterno. Yo me quedo con la música de Bill Evans, que es la que más me inspira, la que me emociona, la que en mi imaginación, si alguna vez estuve en Casablanca, repite una y otra vez: «Tócala de nuevo, Bill, tócala para mí».



 

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