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El extraño caso del hombre que quiso placar a Vargas Llosa E-mail
Literature
Written by Francisco Javier Villalba   
Sunday, 10 October 2010 17:27
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vargas_llosaVirtualmente Mario Vargas Llosa ganó el Nobel hace muchos años. Para su crédito literario no hubiera importado que nunca se lo hubiesen concedido. De hecho, el error de la Academia habría sido hacerse la sueca hasta que Vargas Llosa -que ya es inmortal pero que algún día habrá de dejarnos- ya no pudiera recoger el galardón con sus propias manos. Ese error habría quedado para siempre lastrando el tejado de la Academia Sueca.

Aunque uno nunca deja de aprender, es cierto que hay etapas especiales en la formación de todo individuo. En mi caso, la etapa universitaria expandió un firmamento de lecturas y  de autores que yo ya venía rondando porque, afortunadamente, en mi casa había bastantes libros y una colección a la que le debo mucho: Obras Maestras de la Literatura Contemporánea, de Seix Barral. Hoy no concibo la posibilidad de que no existieran Los monederos falsos, El difunto Matías Pascal o Las tribulaciones del estudiante Törless, como no concibo la posibilidad de que no existieran La ciudad y los perros o Los cachorros (ésta en una edición de Lumen);  el Esclavo, el Jaguar, el Poeta, el Boa, la perra Malpapeada (por mal comida) y luego Malpateada (porque le rompen una pata), el teniente Gamboa o el pobre Pichulita Cuéllar, que, emasculado por un perro, se convierte además en un castrado social, una anomia que ha de afrontar el machismo sin la hombría ya.

La ciudad y los perros
, leída con diecinueve o veinte años, es un estallido de literatura marcado por su argot, por su juego de apodos en jerarquía zoológica, sus analepsis y la alternancia de voces narrativas. Fascina la trama, fascinan las formas, fascina la crítica al primitivismo y a una brutalidad que pretende convertir a muchachos en hombres -en héroes- mediante la autoridad militar y la disciplina. El propio Vargas Llosa había pasado por el Colegio Militar Leoncio Prado.

Vargas Llosa sigue su itinerario de denuncia de las realidades latinoamericanas con La casa verde: el mundo indígena de los aguarunas, líneas de relato alternas, todo en aparente caos narrativo que se resuelve conforme avanza el relato; y el abuso de autoridad, nuevamente, que volverá a abordar en la complejísima Conversación en La Catedral, en esta ocasión con una trama sobre la que planea la dictadura del general Manuel Arturo Odría.

Entre novela, ensayo y artículo, siempre trabajando, siempre con prosa maciza y argumentos elocuentes, Vargas Llosa publica sus novelitas, a las que aludo en diminutivo no porque sean menores sino porque su número de páginas es sensiblemente inferior a sus otros esfuerzos, casi como si las hubiera concebido como puentes reparadores que le facultaran para afrontar nuevos retos de mayor calado. Pantaleón y las visitadoras o ¿Quién mató a Palomino Molero? no suman juntas el tremendo trabajo de documentación y de escritura de La guerra del fin del mundo, un libro que me salvó la vida cuando tuve que pasarme varias noches en un hospital velando a un familiar que, lamentablemente, no era inmortal.

Perú en Conversación en La Catedral, Brasil en La guerra del fin del mundo y Santo Domingo, a través de la figura del general Trujillo, en La fiesta del Chivo. La corrupción y el abuso de poder como una eterna radiografía de Iberoamérica. Efectivamente, era de recibo que se premiara a Vargas Llosa por «su cartografía de las estructuras del poder» (son palabras de la Academia Sueca). Lo que parece haber estado conteniendo a la Academia durante tantos años ha sido la rigurosa dimensión política del autor, y probablemente ese retén se hizo más acusado desde el momento en que Vargas Llosa se presentó a la presidencia de Perú en 1990. Pero no importa: lo cierto es que, ya entonces, Vargas Llosa disponía del Nobel, sólo que la Academia Sueca aún no era consciente de ello.

Mario Vargas Llosa - Nobel de Literatura 2010En 1994, Sergio Romero, colaborador de este blog y compañero de otros muchos proyectos, se cruzó con Vargas Llosa en Marbella. Sergio estaba esperando a que un señor de voz educada y tono amable terminara de hablar con alguien al otro extremo del hilo y le cediera el puesto en una cabina telefónica. Aunque parezca mentira, los móviles aún estaban por venir.

A lo largo de los años hemos comentado este momento en varias ocasiones. Vargas Llosa salió de la cabina y le cedió el paso con una sonrisa. No hubo palabras. Eso fue todo.

Cuando nos encontramos más tarde y me contó que había visto a Vargas Llosa, yo, que entonces era más joven y algo más que inclinado a la devoción de mis héroes, le dije a Sergio: «¿Por qué no lo placaste?» No es ninguna broma. Lo primero que se me vino a la mente fue placarlo (hay que decir que tanto Sergio como yo incurríamos en la rareza local de estar federados en un equipo de rugby), pero no con afán de derribarlo, bloquearlo o lastimarlo, sino de retenerlo, aunque fuera un instante. No olvidemos que el rugby es un deporte de bestias jugado entre caballeros, y nosotros respetábamos esa máxima plenamente. Sergio me respondió: «Vargas Llosa me infundió un enorme respeto, Fran, aunque parecía un hombre totalmente accesible.»

Hay dos cosas que no se pueden impostar jamás: el amor y el respeto. El amor que se compra no es amor, es otra cosa. El respeto no puede concederse, se alcanza por derecho propio. Que la Academia Sueca reconozca ahora el extraordinario valor literario de Vargas Llosa es algo que ya sabíamos. Bienvenido, en cualquier caso, ese galardón que honra a las letras hispanas (pero que dicho queda que el autor ya poseía desde hace años y a toda ley). El más inmediato efecto dominó de todo Nobel de literatura es que sus libros lleguen a más lectores. Aunque a Mario nunca le hayan faltado incondicionales, habrá quien lo descubra ahora.

En fin, como decía Pitaluga en La ciudad y los perros: «No puedes quejarte. Esta vez has tenido suerte. [Un Nobel] Es algo que vale la pena tener señalado en la foja de servicios».

Aunque a estas alturas el Nobel sea lo de menos.

 

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