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Salinger, Salander E-mail
Literature
Written by Francisco Javier Villalba   
Monday, 15 February 2010 09:47
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SalingerEl pasado 26 de enero, aparentemente por causas naturales, empecé a releer El guardián entre el centeno, en español, casi veinte años después de haberlo leído en inglés. Con Salinger yo había aprendido el vocabulario de Holden Caulfield: aquellos phoney, that killed me, hell out, junks, shoot the crap, sus finales de frase at all, or anything, or something, que me sonaban tan auténticos, tan propios de la jerga adolescente, y sin que el inglés fuera mi idioma nativo.

El 24 de enero, aparentemente por causas naturales, me había topado en el rastro con la versión española del libro de Salinger. Era la edición de Alianza, de portada tan escueta y sobria como mi vieja edición de Penguin. Quise acceder al lenguaje de Holden, pero esta vez en mi idioma, para apreciar si la traducción le había tomado el pulso al texto original, por lo que compré la novela, que no empecé a leer, como ya he comentado, hasta el día 26. Al día siguiente, por una de esas carambolas en las que la ficción le tiende un puente a la realidad, fallecía Salinger, aparentemente por causas naturales, a los 91 años.

Por Salinger y Holden Caulfield se han vertido y se verterán aún caudales de tinta, y en parte porque a menudo la ficción se injiere en la realidad a través de vasos comunicantes. Holden y su periplo por Nueva York revelan el paradigma siniestro de cada adolescente, con su inmensa soledad de corredores de fondo, el extrañamiento que provoca el enfrentamiento con las perversiones del universo adulto, la añoranza por la niñez perdida, las contradicciones y las autenticidades. Probablemente nadie como Salinger ha sido capaz de reflejar el abandono de la infancia tan cruda y certeramente. El camino, de Delibes, representaba una coyuntura vital parecida en su protagonista, Daniel el Mochuelo, pero no de esa manera.    

Precisamente esos vasos comunicantes que tienden puentes entre la ficción y la realidad nos devuelven la figura del escritor como paradigma inseparable de su obra, es decir, como personaje ya. Y no sólo ocurre con Salinger: la curiosidad de legiones de lectores por penetrar en el territorio privado de los personajes-creadores termina con autores fagocitados por sus propias leyendas. Resulta, eso sí, que la de Salinger es alargada como la del ciprés: cuanto más quiso alejarse del mundillo mediático, como su Holden quería refugiarse en el territorio aún genuino de su hermana Phoebe, más se le alargaba la sombra.

La sombra de Salinger es alargada

A ese crecimiento como personaje-creador con más peripecia vital y literaria que el propio Caulfield ayudaron tanto su hija Margaret, que lo retrató acerbamente (tiránico, enfermo, reo de sí mismo y de su obra, obsesionado con el budismo primeramente, con la Iglesia de la Cienciología después, con accesos de glosolalia, épico bebedor de sus propias micciones, etc.), como su cohorte de jovencísimas amantes, aspirantes a escritoras en su mayoría.

Y luego está Mark David Chapman, el asesino de John Lennon, que llevaba consigo El guardián entre el centeno; y John Hinckley Jr., el aspirante a asesino de Ronald Reagan, que, tras leer el libro, quiso llamar la atención de una tal Jodie Foster, en cuya parcela privada quería injerirse (otro más) debido a una total fascinación por la faceta pública de la actriz. No deja de ser curiosa, en cualquier caso, la lectura de Hinckley, puesto que Holden nunca se hubiera obsesionado con Jodie Foster, ya que odiaba tanto las películas como a los actores, que le resultaban todos falsísimos. Además, detestaba que su hermano mayor se hubiera vendido a Hollywood para escribir guiones.

Holden Caulfield le propuso a Sally Hayes retirarse a una cabaña en los bosques de Nueva Inglaterra; Salinger se aisló durante tres décadas en los bosques de Nueva Hampshire. «Publicar es una terrible invasión de mi vida privada», declaró a The New York Times en 1974, por teléfono, en la única entrevista que se sabe que concedió, a menos que lo desmienta en breve Shane Salerno, director de cine, que ha revelado que ha rodado un documental de más de dos horas sobre la alongada figura de Salinger, y que el propio Salinger podría aparecer como estrella invitada. El óbito al bollo; suele ocurrir cuando la sombra del óbito es alargada como para seguir vendiendo 250.000 ejemplares de El guardián entre el centeno cada año. Salinger podría haber dejado, además, una importante obra inédita. Ya se verá. 

Hace unos meses me prestaron la trilogía Millenium de Stieg Larsson, cuya sombra también se ha alargado extraordinariamente; en mi opinión, por cosa de haber publicado póstumamente, por ese feo asunto de los derechos de autor en manos de la familia de él, no de su pareja de toda la vida, y todo eso (que diría Holden). No le quito méritos imaginativos al autor y una gran capacidad de trabajo; además, la temática del maltrato y esa heroína de Lisbeth Salander (hacker de altos vuelos, tatuadora vengativa aficionada, con memoria fotográfica, etcétera), junto con la nobleza principesca del periodista Kalle Blomkvist y un telón de fondo muy en consonancia con la novela negra de Henning Mankell (de efectividad más que probada), dan mucho juego. En fin, terminé el primer volumen con reticencias y con reticencias empecé el segundo, pero lo de la señorita Salander desvelando el teorema matemático de Fermat fue demasiado. 

Siempre he pensado que más vale leer al Larsson de turno, que dejará una impronta limitada, como suele demostrar el tiempo con sus algodones impregnados en éter, que no leer nada. La diferencia fundamental entre el Holden de Salinger y la Salander de Larsson radica en algo tan simple como la verosimilitud de los personajes. Holden es ficticio pero auténtico; Salander es ficticia y muy entretenida, pero no es nada auténtica. Hay que entender, por otra parte, que las editoriales sólo pueden permitirse apostar por títulos de menor impacto en el gran público -aunque de mayor calidad literaria- gracias a los beneficios obtenidos con aquellos títulos que generan ventas masivas. Y siempre queda la posibilidad de que algún lector, accidentalmente o por causas naturales, tienda un puente desde Salander hacia Salinger.  

Por lo de los vasos comunicantes y todo eso.

Artículo publicado en Diario Sur (Vocento), Málaga, 10-03-2010.  




 

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