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Jaque mate o el arte como juego E-mail
Art
Written by Sergio Romero   
Tuesday, 21 July 2009 13:55
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luhzinSiempre me ha parecido ver en un jugador de ajedrez al demiurgo por excelencia en pleno proceso de creación. Sentado, inamovible, con la mirada puesta en un solo punto, su extraordinaria concentración define una imagen icónica única, mucho más simbólica que la de un escritor, un pintor o un músico en el momento de su máxima inspiración. Pero, a diferencia de los anteriores, el ajedrecista espera un final, puesto que en realidad toda la elaboración de sus movimientos aspira a un desenlace trágico: vencer al rey, al otro rey, al álter ego. Rey vencido, jaque mate.

 

El juego del ajedrez se convierte así en un enfrentamiento con uno mismo, y estas dos palabras, jaque mate, adquieren una fuerza extraordinaria, algo en lo que probablemente estaría de acuerdo Marcel Duchamp, maestro del juego y, además, jugador empedernido.

Un lienzo, un papel o una partitura no dejan de ser como el tablero de ajedrez en el que desarrollamos movimientos muy precisos para vencer una idea, un pensamiento o un sentimiento. Pero en el caso de Duchamp su juego iba mucho más allá y consiguió trasladar las reglas del ajedrez a las de un arte nuevo, reduciendo la creación artística a puro concepto, aunque con una gran dosis de ironía.

Dibujo de Marcos A. Cañada: Defensa Luzhin


Desde ese momento, en el arte de vanguardia, más que el fin se trata el proceso, de modo que en este juego tenemos cabida todos -o, en cualquier caso, el que quiera-, pero sabiendo de antemano que perderemos la partida. No importa, se trata de jugar. El arte como juego.

Duchamp sabía que el tablero sólo tenía límites físicos pero infinitas posibilidades de movimiento, como el arte, aunque ambos nos pueden sorprender con una jugada maestra escondida o con un giro oculto que deshaga todo lo iniciado. El acercamiento al inefable rey es sólo una ilusión: invencible majestad, rodeada de infantes y corceles, de inexpugnables torres y siempre con su dama, la más vital, la mismísima vida. Ése suele ser un error común: enfrentar la vida con el arte, cuando son, en realidad, inseparables. La vida como arte.

Somos aspirantes al perfecto enlace entre pasión y razón donde no tiene cabida un empate técnico; quedar en tablas es realmente perder. Aquí lo importante es ser vencido para iniciar otra partida, intentarlo de nuevo, hacer de la vida un juego. La vida como juego.

Comenzamos, salen las blancas.

 

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