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Velázquez, Picasso, Antonio López y Víctor Erice: visiones de lo cotidiano E-mail
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Written by Sergio Romero   
Tuesday, 20 December 2011 18:11
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Aunque Pablo Picasso inventó la modernidad a principios del siglo XX, nunca estuvo tan cerca de la tradición, el clasicismo y la historia del arte como en 1954, cuando inició otra de sus etapas destacadas con la realización de las grandes series, un conjunto de obras con el que quiso rendir su particular reverencia a los maestros del pasado. Manet, Delacroix o Poussin fueron algunos de sus pintores elegidos, a los que ensalzó mediante la libre interpretación de sus cuadros más emblemáticos. Sin embargo, fue con Las Meninas de Velázquez con las que se involucró de forma más obsesiva, sometiendo a un sinfín de transformaciones sucesivas el magnífico cuadro del pintor sevillano.

Como si se tratara de un fotograma tras otro, Picasso insistió en la serie hasta realizar un total de cincuenta y ocho lienzos; entrando, saliendo, acercándose y alejándose del cuadro de Velázquez para seleccionar múltiples y diferentes encuadres. No sorprende que algunos expertos sobre la obra del genio malagueño vean en esta manera de ejecutar un proceso fílmico semejante al que utiliza una cámara de cine.

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De un modo parecido, pero inverso, la película El sol del membrillo, dirigida por Víctor Erice en 1992, nos introduce en el mundo complejo y difícil del arte y la pintura analizando las conflictos que aparecen tanto en la serie de Picasso como en el extraordinario lienzo de Velázquez. No es la primera vez que Víctor Erice toma de la pintura referencias para la realización de sus películas (son claras las alusiones a Vermeer, Velázquez, Rembrandt o Edward Hopper en sus anteriores filmes: El espíritu de la colmena o El sur), pero es en El sol del membrillo donde quizás hace una exploración más interesante sobre el desarrollo y creación de un cuadro, tanto en sus valores estéticos como en la forma de presentar una realidad exenta de artificios.

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El protagonista de la película es Antonio López, excelente pintor realista que se interpreta a sí mismo en el deseo de captar la luz de otoño reflejada en un membrillero que plantó años atrás en el jardín de su estudio. Pero las vicisitudes e inclemencias del tiempo le impiden llevar a buen fin su obra y decide abandonarla sin haberla concluido. El desánimo se apodera del espectador ante la imposibilidad de ver finalizada una pintura, de la cual es cómplice desde el inicio, pero acepta y comprende lo inevitable cuando el pintor coloca la tela inacabada junto a otras muchas con idéntico recorrido.

Pronto entendemos que no es el desenlace, sino la idea, el acto creativo en sí y su autonomía o el devenir de un suceso lo que fundamenta el arte de pintar. A Antonio López no le importa el resultado, únicamente quiere estar junto al modelo trabajando, pues -en palabras suyas- aunque sea tan sólo un membrillero, siente que en él está condensado todo el universo, sólo hay que saber verlo.

Para Picasso, por el contrario, el cosmos pictórico era la obra inabarcable de Velázquez. Por eso decide reventarla y desgranarla en diferentes fragmentos con la intención de poder entenderla mejor. A través de los cincuenta y ocho lienzos, yuxtapuestos uno a otro y fechados como si fuera un diario, se nos permite observar paulatinamente todos los cambios, arrepentimientos y modificaciones, consiguiendo así que todo sea diferente y al mismo tiempo afín.

La película de Erice se desarrolla también sin muchas correcciones, por un lado porque no parte de una realidad recreada con el fin de ofrecernos una ficción, ya que carece de guión, pero por otra parte tampoco podemos considerarlo un documental que capta objetivamente unos hechos, pues previamente se ha establecido qué personajes van a intervenir siguiendo unas líneas argumentales. Posiblemente se trate de un documento, como ya hiciera  Henri G. Clouzot en 1955 con el filme El misterio Picasso, con el propósito de dejarse llevar por los acontecimientos. Esto hace que se transmita una agradecida naturalidad en sus protagonistas que nos hace olvidar por un momento que existe una cámara detrás de todo el proceso.

Sin embargo, la importancia de la cámara es vital porque de ella depende que la pintura y el cine entren en relación. El ojo de la cámara se convierte en el ojo del espectador, de manera que actúa como ya hiciera Picasso en sus Meninas (una vez se transformó en cámara) y nos permite ver al mismo tiempo el modelo (el membrillero) y lo representado (el cuadro del membrillero), tal como es y tal como lo siente el pintor que, aunque fiel al realismo, lo trasciende, convirtiendo lo puramente óptico en una revelación.

antonio lopez sol membrillo erice

Antonio López emprende una batalla contra el paso del tiempo intentando capturar lo imposible. De ella sale inevitablemente vencido cuando al final observamos marchitarse en el suelo los membrillos que hacía poco tiempo relucían con el sol. La película, como memento mori, nos hace reflexionar sobre la fugacidad de la vida y se metamorfosea en un cuadro del siglo XVII pleno de barroquismo.

Precisamente, para que la cinta pueda ser leída como un cuadro, se mantiene una cadencia muy lenta. Esto nos permite hacer un recorrido visual a través del espacio, y observar con detalle qué sucede en el cuadro de Antonio López y alrededor de él, como ya ocurre en los personajes de Velázquez hábilmente congelados en un movimiento. El barroco de Velázquez es muy sutil, no va en la línea de la contorsión de las figuras o en el dramatismo de una escena, como en otros pintores, sino en la riqueza interpretativa del cuadro o en el juego complejo de sus visiones. Velázquez, en Las Meninas, representa lo real, lo pintado y lo reflejado; tres modalidades de lo visible: la realidad, la ilusión y la réplica.

Víctor Erice fusiona todos estos modos de ver a lo largo de la película hasta lograr una escena donde Antonio López aparece en su posición habitual, realizando su cuadro, pero para corregir algunos errores ha colocado un espejo que refleja lo pintado en el lienzo, de manera que la cámara aporta al espectador lo que las anteriores representaciones no habían podido conseguir; ver al mismo tiempo todas las realidades posibles de un mismo suceso: lo real, lo representado y lo reflejado de lo representado.

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El factor psicológico juega un papel importante en el espectador que reflexiona ante las múltiples posibilidades de una misma realidad -como en el cubismo- y ve cómo se desmoronan los valores absolutos para transformarse todo en pura relatividad.

Velázquez decidió plasmar en Las Meninas un acto cotidiano e inesperado, pues otorgó a su obra una gran naturalidad mostrando la irrupción de los monarcas mientras ejecuta el lienzo. Para Antonio López la vida transcurre de forma sencilla, con su familia, sus amigos y su perro, en su casa cerca de la estación de Chamartín. Lo mismo ocurre con Picasso, instalado en su estudio de la Californie, donde muestra la bahía de Cannes y los avances de su serie a sus amigos, haciendo partícipes a sus familiares y su perro Lumb. El tiempo transcurre en otoño, y las obras avanzan mostrándonos en ambos casos la fecha de la realización, aspecto que imprime más cotidianidad a los hechos.

Sin embargo, algo tan poco trascendental como el quehacer diario no es óbice para que estos genios den máxima relevancia en su vida a esos acontecimientos a los que tan pocas veces prestamos atención, obstaculizados por algo que ni siquiera existe: un final.


thyssenAntonio López ha sido una de las figuras clave del 2011, año en el que se han expuesto 130 obras del pintor en el Museo Thyssen-Bornemisza.


 

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