
| Jazz profano, jazz divino |
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| Jazz |
| Escrito por Sergio Romero |
| Domingo, 20 de Junio de 2010 09:45 |
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Ver y oír a Evans es una extraordinaria experiencia estética, sobrecogedora y única. El cuerpo de Evans, enjuto, impasible y de extrema elegancia, transmite una enorme carga emocional provocada por la posición que va adoptando progresivamente ante el piano. Su repeinada cabeza se va inclinando poco a poco hasta conseguir clavar su barbilla en el pecho y su frente casi en el teclado. Es como si quisiera introducirse en el piano y fundirse con él. Concentrado y con los ojos cerrados, se mantiene en esta posición quebrada durante algunos minutos a lo largo de la melodía, hasta que algún cambio de ritmo le recobra de su letargo y se incorpora de nuevo, a los pocos segundos, como quien ha sido hipnotizado, para volver pausadamente al mismo estado de torsión. Sin embargo, y aunque no haya un solo movimiento, la tensión es palpable. Todo se produce en su interior. Sus larguísimas manos recorren de un lado a otro el teclado con suma delicadeza, casi sin tocarlo, apenas rozándolo; parece que fueran de otra persona. Bill Evans nos conmueve de tal modo que su interpretación trasciende lo tangible para convertirse en algo divino. Con su aspecto de monje, reclinado en su oratorio, entregado, abandonado y en pleno éxtasis con dios, transforma su música pensada en música sentida, y su jazz, en puro placer.
Mientras Bill Evans, delante de un piano, ponía paz a su desordenada y atormentada vida, consecuencia de su adicción a las drogas, Thelonious Monk necesitaba agitar, por el contrario, su anodina existencia diaria. Monk se pasaba las horas, incluso los días y semanas, tumbado en la cama mirando el blanco techo de su habitación sin hacer absolutamente nada. Nunca se supo si su mente se mantenía igual que su techo o si, como de Evans, fabricaba sueños en silencio. El tiempo pasará, aunque no para estos seres de cuerpos malditos y almas divinas que consiguieron crear un arte eterno. Yo me quedo con la música de Bill Evans, que es la que más me inspira, la que me emociona, la que en mi imaginación, si alguna vez estuve en Casablanca, repite una y otra vez: «Tócala de nuevo, Bill, tócala para mí». |
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