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El pasado 26 de enero, aparentemente por causas naturales, empecé a releer El guardián entre el centeno, en español, casi veinte años después de haberlo leído en inglés. Con Salinger yo había aprendido el vocabulario de Holden Caulfield: aquellos phoney, that killed me, hell out, junks, shoot the crap, sus finales de frase at all, or anything, or something, que me sonaban tan auténticos, tan propios de la jerga adolescente, y sin que el inglés fuera mi idioma nativo.
El 24 de enero, aparentemente por causas naturales, me había topado en el rastro con la versión española del libro de Salinger. Era la edición de Alianza, de portada tan escueta y sobria como mi vieja edición de Penguin. Quise acceder al lenguaje de Holden, pero esta vez en mi idioma, para apreciar si la traducción le había tomado el pulso al texto original, por lo que compré la novela, que no empecé a leer, como ya he comentado, hasta el día 26. Al día siguiente, por una de esas carambolas en las que la ficción le tiende un puente a la realidad, fallecía Salinger, aparentemente por causas naturales, a los 91 años.
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